Tres Regalos

Cuando era pequeña mi papá solía contarme esta historia. No sé quién es el autor pero es una de las narraciones que más me gustaba oír. Aparte, tiene interesantes moralejas. Espero que les guste tanto como a mí.

roble

Un hacendado necesitaba los servicios de un leñador. No pasó mucho tiempo en aparecer un portentoso señor, quien se ofreció para el trabajo. El patrón le explicó que para obtener dicho trabajo debía derribar en un día, utilizando un hacha, un frondoso cedro que tenía en el frente de su casa. Pero el leñador respondió: “No creo que exista en este mundo criatura capaz de de hacer semejante trabajo en un día, así que me retiro”. Pasó un segundo hombre, y al escuchar la condición del patrón, respondió que ni con una máquina derribaba ese árbol en un día. Fueron muchos los leñadores que pasaron para optar al trabajo, hasta que apareció uno, de apariencia no tan portentosa como la de los anteriores. La condición fue la misma, pero la respuesta de este leñador fue: “Seguro patrón, yo se lo hago, pero quiero que me permita comenzar mañana muy temprano, de tal manera que me de tiempo de abrir los troncos y ponerlos a secar antes que se oculte el sol”. Esta respuesta tan segura y firme hizo que el patrón sufriera una decepción, pues en realidad no la esperaba, y menos de una persona con una fisonomía inferior a la de los otros. Por eso reaccionó inmediatamente y le dijo al leñador: “El trabajo es suyo, lo acepto, pero no se le ocurra tocarle una rama a ese árbol frondoso, pues allí bajo su sombre juegan mis hijos y descanso con mi familia. Usted pasó la prueba.”

Después de muchos y arduos años de trabajo, el patrón decidió que ya era tiempo de que el leñador se retirara y fuera en busca de su familia, a quien tenía tanto tiempo sin ver. En agradecimiento a su forma de trabajo, y a la forma como había tratado a su familia, le celebró una gran fiesta de despedida. Ese día recordaron muchas cosas pasadas y disfrutaron mucho. El patrón y su familia le obsequiaron muchos regalos, tanto objetos como oro. Tanto recibió, que requirió 1 caballo y 2 mulas para transportar sus regalos. Cuando partió, lo acompañaron 2 peones, hasta las afueras de la hacienda, e iban conversando con él sobre la ruta que debía tomar nuestro amigo leañador para llegar más rápido a su destino. Los dos peones eran de la idea de que por la vereda era más corto el camino. El leñador les decía: “Yo no conozco la vereda, mientras que por el camino no me pierdo”. En esa conversación, casi llegando al último portón de la hacienda, los alcanzó otro peón que venía a todo galope, y le dijo a nuestro leñador que por orden del patrón regresara a la casa.

El leñador se sintió mal, y se preguntó ¿por qué me mandó a buscar, si ya nos despedimos? Si es para seguir trabajando, el ya sabe que no puedo, estoy agotado. ¿O será para quitarme alguno de los regalos? Así, se hizo muchas conjeturas y preguntas. Por fin llegó de nuevo con el patrón, quien lo esperaba con una gran sonrisa, y le dijo: “En realidad no esperaba verte tan pronto, pero fue que se me olvidó regalarte algo que vale más que todo el oro que llevas contigo. Y son estos tres regalos: 1) Nunca dejes camino por vereda 2) No preguntes por lo que no te conviene y 3) Nunca juzgues a primera vista. Ahora sí, márchate y que Dios te acompañe”.

camino

Nuevamente nuestro amigo el leñador partió, pensando en lo que el patrón le acababa de decir. Otra vez llegó al último portón de la hacienda. Allí tenía dos opciones: O seguía la vereda que le habían indicado sus compañeros, o seguía por el camino real. Entonces, reaccionó y recordó el primer regalo del patrón “Nunca dejes camino por vereda”. Y se fue por el camino. La suerte le fue fiel, porque en la vereda lo estaban esperando los dos peones para asesinarlo y robarle los regalos.

Continuó por el camino, y ya cuando el sol empezó a ocultarse, el cansancio le fustigó de tal manera que buscó alojamiento en una posada. Allí muy amablemente lo atendió un señor de edad avanzada quien le ofreció comida y le indicó el cuarto donde iba a pernoctar. No tardó mucho tiempo nuestro leñador en darse cuenta de que las únicas personas en la posada eran el posadero, un loro, y una señora harapienta, encerrada en un cuartico, que a cada rato rompía el silencio de ese paraje con sus carcajadas y llantos desesperados como pidiendo clemencia. Nuestro amigo, cansado como estaba, no demoró en dormirse. Al otro día, se levantó muy temprano, y fue en busca del posadero para cancelar su estadía. Se sorprendió al ver que éste lo esperaba con el desayuno servido. Después de comer, y viendo a la pobre señora en el estado en que se hallaba, le dijo al posadero: “Quiero preguntarle algo”. Y éste le respondió: “Ya sé qué vas a preguntar”. Mas nuestro amigo el leñador, acordándose del segundo regalo de su patrón “No preguntes por lo que no te conviene”, rápidamente le dijo “¿Sí? Quiero preguntarle cuánto le debo por haberme permitido pasar la noche y comer en su posada”. El posadero, sorprendido, respondió “Pues nada, mi buen señor. Y siempre estaré a sus gratas órdenes, ya que usted ha sido la primera persona que no me ha preguntado quién es esa señora y por qué encerrada allí”. Seguidamente agregó: “Ella es mi esposa, y estará encerrada allí para siempre, por haberme traicionado… por haber sido infiel. Estoy esperando que su amante venga a rescatarla para completar mi venganza. Mientras tanto, mato a todo hombre que pregunte por ella”. De nuevo, el leñador seguía con vida gracias a los regalos de su patrón. De inmediato partió hacia su hogar, el lugar donde sabía que lo esperaba su esposa junto a sus hijos, a quienes tenía tantos años sin ver.

Después de atravesar ríos, llanuras, montañas, e inclemencias del sol, finalmente llegó a su pueblo, y tomó el camino que conducía a su casa. Decidió no entrar por el frente de la casa, sino por la parte posterior, para no alardear de su presencia. Además, quería sorprender a su esposa… pero el sorprendido fue él, ya que cuando se bajó del caballo y dispuso a las mulas para entrar, se dio cuenta que su esposa estaba abrazando y besando a un joven sacerdote. En ese momento la sangre quiso congelársele de la ira, restregó sus ojos, creyó ver alucinaciones por el cansancio. Pero no, era la realidad: su esposa abrazaba a otro hombre. Pensó en el posadero y la razón que tuvo para encadenar a su esposa, pero inmediatamente el tercer regalo de su patrón afloró en su mente: “No juzgues a primera vista”. Por eso, no le quedó más remedio que fingir una tos con el propósito de capturar la atención. La esposa, un poco extrañada, se soltó del hombre que abrazaba, se llevó la mano a la frente para dirigir bien la mirada, y seguidamente dio un grito de alegría: ¡Dios mío, Gracias! ¡Este para mí es un gran día! Y corrió al encuentro de su esposo, quien no salía de su asombro por no entender la situación. Ella lo abrazó y le dijo: “Mi amor, has vuelto después de tanto tiempo, y precisamente hoy, nuestro hijo mayor acaba de llegar ordenado como sacerdote”. Entonces, al fin, nuestro amigo leñador comprendió. Abrazó y besó a su esposa y a su hijo, y lleno de júbilo, agradeció sinceramente en su corazón a su patrón por la sabiduría que le había otorgado con esos tres regalos.