Candyland (Primera Parte)

Este post es una contribución de Magdalena Díaz, una escritora incipiente, aficionada al manga y al anime, que un día (después de un maratón de bodrios de Gonzo, Sunrise y Gainax) se despertó y dijo: Qué demonios, haré mi propia historia.

Dibujo realizado por Magdalena Díaz

Autora: Magdalena Díaz

Título de la obra: Candyland

Primera parte.

-Au revoir, Mamá –susurró la joven de cabellos del color de la zanahoria y se dirigió cansina a su habitación.
-Au revoir, Cléa –respondió su madre.

Cléa era una joven de dieciocho años procedente de Francia. Su físico no reafirmaba su edad, sino todo lo contrario. Era muy delgada y de baja estatura. No poseía muchas curvas y su rostro rozagante era el de una joven de aproximadamente quince años.

Su cabello era lo que atraía más la atención, ese tono rojizo era único y la forma en que caía sobre sus hombros, tan liso, lo hacía aún más llamativo. Detrás de un flequillo recto se escondían sus ojos. Dos enormes ojos de color verde, rodeados por unas simpáticas pecas.

Caminaba erguida, con su mentón ligeramente elevado, como si se tratara de una princesa. Sus pasos eran firmes, llenos de confianza. Era seguro que jamás tropezaría con las largas enaguas de su vestido, incluso aunque estas se enredaran tímidamente en sus pies descalzos. Llevaba un hermoso vestido, de color rosa pálido y con bordados en hilo dorado. Era la clase de atuendo lleno de volados, cuya belleza es imposible de imaginar.

Avanzó a través del pasillo de altas paredes blancas cubiertas por pinturas de aspecto antiguo y costoso. Al llegar a su habitación dedicó unos segundos a observar el atardecer a través de un enorme ventanal. Se encontraba en el segundo piso de una enorme mansión desde donde se podía apreciar una vista muy colorida y llena de vida. Extensos jardines de flores y más allá la bahía. Sin embargo el rostro de Cléa no demostró ninguna emoción, se mantuvo muy seria y luego suspiró.
Quitó un bonito prendedor rosa de su cabello y sin cambiarse de atuendo se dejó caer sobre la enorme cama. Suspiró una vez más y cerró sus ojos.

A lo largo del pasillo de piedra no había más que oscuridad. Cléa estaba demasiado asustada, lo único que hizo fue correr hasta encontrarse con la retraída luz de una antorcha. Intentó alcanzar la madera encendida con su brazo, pero aún saltando no consiguió hacerlo.

-¿Hay alguien aquí? –Preguntó tartamudeando, no era típico de ella, pero el miedo la venció esta vez.

El eco de un fuerte sonido la hizo voltearse velozmente, no había nada allí.

-¡Esto no es gracioso! –Exclamó enojada.

Un nuevo sonido hizo que su cuerpo se estremeciera, esta vez provenía de la dirección opuesta. Se volteó con lentitud y se encontró con un par de amarillentos ojos muy brillantes, pero estos no eran los de un humano. Sus pupilas eran enormes y su forma no era redondeada, sino que eran puntiagudas, como las de un gato.
Cléa gritó tan fuerte como le fue posible y se echó a correr.

-¡Aléjate de mí! –Le exigió al extraño ser cuya forma no se veía por la oscuridad. Sin embargo la opción de que fuera un gato fue descartada inmediatamente ya que sus ojos centelleaban a una altura imposible para cualquier felino.

Cléa corrió durante varios minutos, hasta que apareció una luz al final de aquel siniestro pasillo. Sus pisadas hicieron eco en el silencio de la oscuridad, mientras que su perseguidor no emitió sonido alguno. La joven giró levemente su cabeza y observó como aquellos ojos se acercaban cada vez más a ella. Aún era invisible, pero se encontraba tan cerca que el regular sonido de su respiración se escuchaba con claridad. Fuera lo que fuera no estaba agotado y se estaba acercando demasiado a la agitada Cléa.

-¡Por favor, no me hagas daño! –Exclamó mientras sus lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas.

Utilizó los últimos restos que quedaban de su energía para darse el impulso suficiente. Tan solo un metro la separaba de aquella luz, y aunque no sabía lo que había del otro lado, corrió hacia allí sin pensarlo dos veces. Vivir era cuestión de segundos, sin embargo parecía que todo iba a llegar a su fin cuando una enorme garra acarició su espalda.

Cléa saltó aterrorizada hacia la luz, agitando sus pies y cerrando sus ojos con fuerza. La garra simplemente rasguñó la falda de su vestido. Ella se encontraba viva aún.
La caída fue muy larga, de hecho no terminó jamás. El silencio la rodeaba, y al abrir los ojos se encontró con un mundo completamente blanco. Estaba vacío. No había nada sobre ella, y tampoco nada debajo. Sólo el sonido de su agitada respiración que se ahogaba ante la inmensidad del vacío.

-¡NO! -Cléa estaba jadeando, con su frente cubierta por el sudor.

Miró a su alrededor rápidamente, estaba confundida. Suspiró con desconfianza y llevó el dorso de su mano a su rostro, sus ojos estaban abiertos de par en par.
-Fue un sueño -susurró un poco más calmada –…tan sólo eso.

Volvió a recostarse en la cama, pero esta vez mantuvo sus ojos abiertos. Quizá temía volver a encontrarse con aquella mirada. Giró hacia la derecha y entrecerró sus ojos, ya que la luz del sol que ingresaba por el ventanal de su habitación dio directamente en su rostro.

-¿Ya amaneció? –Estiró su brazo hasta alcanzar su despertador, sobre una pequeña mesa a un lado de la cama, para responder a su pregunta. -¡¿Las tres?! Eso quiere decir que ya –se encontraba sorprendida, confundida y desorientada, pero todo se ordenó en su mente cuando se puso de pie abruptamente -¡Ya debería haber ingresado al instituto!

Unos pocos minutos después

-Que día más oportuno para darle vacaciones al chofer…- Susurró Cléa, mientras caminaba dando fuertes pisadas en el asfalto. Su ceño fuertemente fruncido se distendió con velocidad al llegar al instituto.

¿Qué sucede aquí? Pensó confundida al ver un brillante cartel amarillo con la palabra “clausurado” en la puerta de entrada al edificio. Recorrió la escena con la mirada numerosas veces, hasta que ésta se posó sobre la figura de un hombre. Por su uniforme debía tratarse de un obrero.

-¡Disculpe señor! –Exclamó mientras se acercaba a aquél hombre. -¿Podría usted decirme qué le sucedió a este edificio?
-Será desmantelado esta tarde.
-¡¿Desmantelado?! Pero ¿Por qué?
-El predio ha sido comprado por una familia de la nobleza alemana que lo utilizará para la construcción de una fábrica de dulces.
Cléa observó al obrero llena de confusión durante unos segundos, luego volvió a preguntar.
-¿Y qué sucederá con las clases que aquí se dictaban?
-¿Clases? Debe haber confundido la dirección señorita, este edificio ha estado cerrado durante cuarenta y cinco años.
-¡¿QUÉ?! Creo que es usted quien está confundido. –Respondió con cierta rudeza aunque sin intención de hacerlo –Eso no es posible ya que el día de ayer… –susurró sin finalizar la oración mientras observaba fijamente aquel edificio.
Estaba segura de que era el mismo lugar, no cabía duda alguna. Pero aunque contara su extraña situación nadie le creería; y definitivamente, pasar por loca, no era algo que le interesara.
-De seguro confundí la dirección, lamento haberle robado su tiempo –Cléa habló con la cordialidad de una reina, consiguiendo que el avejentado obrero se sonrojara.
-No hay problema alguno -él asintió y la muchacha comenzó a caminar en sentido opuesto al de su casa.
Sin duda lo que estaba sucediendo en ese momento no era normal, ella lo sabía, pero aún así intentó hallar una explicación lógica. Cléa sentía una profunda aversión hacia todo lo que se relacionara con magia, situaciones paranormales y lo desconocido.
La joven continuaba caminando mientras buscaba una respuesta, pero lo único que encontraba eran más y más preguntas.
Si el instituto había suspendido las clases ¿Por qué nadie había llamado para dar aviso? Y más extraño aún ¿Cómo es posible que el lugar hubiera cerrado hace tantos años, si Cléa estaba segura de haber asistido allí el día anterior? Debería existir alguien que conociera las respuestas a estas interrogantes, no era posible que la joven se encontrara sola en esto. O tal vez así era, pero ella jamás consideraría eso una opción. Le aterraba estar sola, nunca lo estuvo y no lo estaría ahora.
El rostro de su madre fue el primero en aparecer en su mente, pero era seguro que ella no sabría nada al respecto. La última vez que la vio fue la noche anterior y no mencionó nada sobre el tema, esta vez no podría contar con ella.
De la misma manera descartó a todos los empleados de su familia y a los amigos cercanos. Debe existir alguien continuaba pensando la muchacha, cuando se detuvo repentinamente.
-¡Eso es! –Exclamó y comenzó a revolver sus brazos dentro de su mochila. Luego de unos segundos encontró lo que buscaba: su teléfono móvil. – ¡Aquí está! De seguro ella sabe algo al respecto.
Sin darse cuenta estaba sonriendo cuando marcó un número y llevó su teléfono hacia su oreja, pero esa sonrisa no se mantuvo por mucho tiempo.
-¡¿Qué?! No es posible, debo haber equivocado el número… -volvió a marcar- ¡No puede ser! ¿El número al que estoy llamando no existe? ¡Debe existir!
Cléa volvió a llamar varias veces, pero el resultado era el mismo. Efectivamente, el número de su mejor amiga Stacy ya no existía.
-Stace… ¿Has cambiado tu número telefónico? Me pregunto si habrá olvidado avisarme…
La situación era cada vez peor, cada vez más extraña. Cléa comenzaba a ponerse nerviosa, por lo que decidió dirigirse a la casa de Stacy la cual quedaba apenas a unas cuadras del instituto. De seguro encontraría a alguien que supiera lo que sucedía, la joven puso sus esperanzas en eso.

El timbre sonó una vez pero nadie respondió, esto bastó para que la pelirroja muchacha comenzara a preocuparse nuevamente. La mala suerte debía tener un límite.
El timbre sonó otra vez y otra más. Ahora si, la voz de una mujer se escuchó a través de la puerta.
-¡Ya voy! –Dos palabras que bastaron para que Cléa se calmara un poco –Buenos días.
Una mujer de unos cuarenta años, nada familiar para la visitante, apareció. Su cabello era de un intenso tono marrón chocolate y su ropa desaliñada no lucía como algo que un miembro de la adinerada familia de Stacy usaría. Era extraño, aunque podía tratarse de una empleada que no llevara uniforme. Corrección, era muy extraño.
-Buenos días, mi nombre es Cléa y he venido a visitar a Stacy ¿Ella se encuentra en casa?
-¿Stacy? Lo lamento, aquí no vive ninguna Stacy.
-¿Qué? Pero si… ¿Señora, está usted segura de eso? ¿Acaso esta no es la casa de la familia Novarone?
-No, aquí vive la familia Núñez –respondió señalando el buzón de cartas, el cual tenía pintado en ambos lados “Familia Núñez”.
-Pero… ¿Cómo? Si yo…
Una vez más volvió a suceder. Cléa estaba totalmente segura de que esa era la casa dónde Stacy vivía, pero al parecer eso no era cierto. La joven entró en confusión nuevamente y el nerviosismo volvió.
-¿Acaso te has perdido? –Preguntó con dulzura a la muchachita, pero ésta no respondió, se encontraba totalmente petrificada observando a la placa con la dirección de la casa que colgaba en la pared. -¿Oye, te sientes bien?
-¿Huh? ¡Oh, sí! Lo siento, creo que confundí la dirección. Disculpe la molestia, muchas gracias.
-No hay de qué –respondía sonriendo cuando sonó el timbre de la cocina, la mujer estaba cocinando algo y el olor era exquisito, pero la niña lo ignoró completamente –debo irme, adiós.
La puerta se cerró mas Cléa no se movió durante unos cuantos segundos, no tenía idea alguna sobre que hacer o que pensar. El instituto al que asistía estaba cerrado y había dejado de funcionar, supuestamente, hace cuarenta y cinco años. El número telefónico de su mejor amiga ya no existía y su casa ya no era la misma. Era como si Stacy y su familia hubieran desaparecido del mapa, era como si todo en el mundo hubiera cambiado.
Cléa estaba un poco asustada, pero aún así se sentía calmada. La situación era tan irreal que lo único que logró hacer fue mantenerse de pie totalmente en silencio.
Pasados unos segundos, las ideas en la mente de la muchacha comenzaron a unirse y su respiración perdió la regularidad.
-¡Mamá! –Exclamó en un susurró ahogado y comenzó a correr en dirección a su casa. Su madre era la única salida de esa extraña situación.

-¡Madre! ¡No sabes lo que me ha sucedido, mamá! –Gritaba al ingresar a la enorme mansión de su familia -¿Dónde estás mamá?
-¿Mamá? ¿Acaso te has vuelto loca? –Una ronca voz hizo eco en al habitación, Cléa no identificaba a su emisor.
En ese instante apareció desde la cocina un muchacho muy peculiar. Su traje era como el de un príncipe de la época medieval, su cabello despeinado de un brillante color dorado y sus ojos…
… de color amarillo y con enormes pupilas alargadas.

Continuará-

Recuerden que su apreciación de la obra es importante para la autora (No mercy). Dejen sus comentarios y recomendaciones, tanto para el escrito como para el dibujo que realizó.

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